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Mi primera entrada, la más personal.

19-04-2011 Publicado por hikary

Dicen que nacimos en un frío dia del mes de febrero, sin saber muy bien cuál. Mi madre pasaba muchas dificultades, pero aún así nos intentaba alimentar lo mejor que podía, y por las noches con su delgado cuerpecito procuraba darnos calor.

Éramos cinco hermanos, pues notaba sus cuerpos rechonchos junto al mío, pues aún no los podía ver, porque tenía los ojitos cerrados. Durante el día permanecíamos todos juntitos, a veces nos atrevíamos a saludar al sol, pero en cuanto oscurecía o mi madre nos lo ordenaba, todos nos escondíamos bajo un montón de leña.

Nuestro hogar era un jardín abandonado, en un pueblo en el que tiempo atrás vivió un hombre que hablaba y luchaba contra los molinos de viento. Junto a todos nosotros vivian un montón de gatos más: estaba el más anciano de todos del que debíamos aprender, los jovenzuelos de otros años, sus padres, y todos nosotros. Casi todos los días venía un señor a hecharnos de comer, un señor que aunque no nos quería, sí que le dábamos un poco de lástima, y por eso nos ponía también agua fresca, en unos botes muy divertidos detrás de los cuales jugábamos a escondernos.

Y así transcurrieron los dos primeros meses de mi vida. Poco a poco mi madre dejó de darnos de comer, y nos animaba a comer lo que nos traía aquel señor, con el resto de la manada, hasta que un día ya sólo comíamos con ellos. Cuando había algún temor, corríamos a cobijarnos bajo el montón de leña.

Pero un día pasó algo terrible. No sé qué pasó, pero mi madre nos dijo que huyéramos tan rápido como pudiéramos, así que corrí bajo mi escondite. Entonces pasó lo inimaginable: aquellos leños se desmoronaron, aplastándome entre ellos. Y poco a poco me entró sueño....

Sin saber cuánto tiempo había pasado, fui abriendo los ojos, pagados por las legañas que se me habían formado. Me dolía todo, y a demás no podía moverme. Con mucho esfuerzo, logré sacar mis patitas por entre los troncos, logré asirme a uno, y clavando las uñas logré poco a poco arrastrarme hasta quedar fuera de lo que había sido mi escondite fatal.

En seguida noté que algo no iba bien. Me dolía mucho la espalda. No me podía poner en pie. Mis patitas de atrás no respondían, no se movían. ¿Qué me estaba pasando?

Mi madre intentaba ayudarme, pero por mucho que me empujaba con su cabecita, yo no podía moverme....

Y así pasaron los días. Si no hacía algo, acabaría pereciendo por no poder comer, pues durante el día debía esconderme de los peligros bajo la leña, y sólo salía cuando no tenía más remedio. Así que durante esos días empecé a hacer algo por seguir adelante: clavando mis uñitas de las patas delanteras en el suelo, lograba arrastrar todo mi cuerpo, lánguidamente, hasta poder llegar donde estaba el agua. Peor era la comida: como éramos tantos, cuando aquel señor nos traía comida todos en la manada se me adelantaban, y cuando al fín lograba llegar a ella, ya no quedaba. Fuí perdiendo mucho peso y fuerzas, se me notaban mis costillitas, y cada vez me costaba más arrastrarme. Empezaba a rendirme.

Unos días después, llegó a aquel jardín una chica que no paraba de mirarme, y de hablar con el otro señor. No debí caerle muy bien a esa chica, pues le decía dónde debía darnos de comer en los días que vendrían, y este sitio era mucho más lejos de mi refugio, de manera que de ninguna manera yo podría llegar a tiempo para comer. Aún así, durante dos días lo intenté, y como conseguí llegar, la chica decidió poner todavía más lejos la comida. Entonces tenía un problema: si llegaba a tiempo para comer algo, y sucedía algún imprevisto, el hecho de estar tan lejos de mi escondite, no me permitiría poder refugiarme a tiempo, pues arrastrándome era muy muy lenta.

Pero el hambre te hace tomar decisiones muy arriesgadas. Así que aquel dia, la chica (después me enteré de que se llamaba Mari) decidió hacernos compañía toda la mañana, sentada en una silla, mirándonos con el rabillo del ojo para que nosotros no pensáramos que nos observaba.

Al cabo de un rato, llegó el señor de la comida, que la puso aún más lejos que días atrás. No tenía más remedio, aunque estuviera lejos y aquella chica nos observara, si quería comer tenía que arriesgarme. Así que empecé a desplazarme hasta el plato, y comí, y no pasó nada.... de repente la chica se levantó corriendo hacia mí, yo tenía mucho miedo, intenté volver, no podía correr, ay, ella con una toalla en la mano, está muy cerca de mí y se ha interpuesto entre mi refugio y yo, no puedo volver, me tiene atrapada,...... la oscuridad cayó sobre mí.

La chica me había tirado la toalla encima, y me había envuelto como si fuera un caramelo ¡qué descaro!, pero antes de eso, logré pegarle un buen mordisco en un dedo, del que le salían dos chorritos de sangre.

Después me estuvo acariciando la cabecita, y de susurraba dulces palabras. Mi corazón dejó de palpitar, y empezó a relajarse. Mis pupilas volvieron a su estado normal, y me atreví a mirarla a los ojos. Incluso logré esbozar un débil maullido.

Mi cuerpecito ya no pesaba nada, eran todo huesos. Me dejaron sola en una pequeña habitación, con una camita blandita, agua, comida y un sitio donde hacer cositas y poder taparlas, como solemos hacer los gatos. De vez en cuando, venía a verme, sin acercarse para que no tuviera miedo.

Empezaba a arrepentirme de haberle pegado aquel mordisco. Creo que no quería hacerme daño, pero yo tenía mucho miedo. Poco a poco dejaba que se acercara más a mí, y ya no le bufaba.

Al cabo de tres días, me metió en una cajita, y hicimos un largo viaje, según parece a la que era su casa. Lo primero que hizo fue llevarme a un sitio donde un señor con bata blanca dijo que mi vida pendía de un hilo, y que seguramente nunca me curaría. Dijo también cosas como dormirme para siempre y dejar de sufrir. Entonces la chica le preguntó si a mí me dolía el cuerpo (no entiendo porqué no me lo preguntó a mí), y el señor de blanco le dijo que no, pues no tenía sensibilidad. Le explicó que tenía una fractura en la columna. La chica dijo que si no tenía dolor, haría lo que fuere por darme calidad de vida.

Empezó a buscar cómo fabricarme una silla de ruedas para mis patitas traseras. También me hizo un parque muy majo: una manta en el suelo para clavar mis uñitas y así desplazarme. Cuando quería hacer algo, maullaba y ella venía, me aguantaba en pié, y yo hacia lo que tuviera que hacer: comer o beber; lo demás, ya me entendéis, era diferente, me daba verguenza, y por hacerlo yo sola acababa toda manchada. Entonces ella me limpiaba con mucho cariño.

Cada tres días, durante un año, volvíamos a visitar al señor de blanco (a veces era verde), me pinchaban una cosa que ellos llamaban "corticoesteroides", y en casa ella me hacía ejercicios. Un año, y poco a poco logré mejorar: si abría mis patitas lograba aguantarme, al cabo de un tiempo ya lograba levantarme, y poco a poco empecé a caminar. Un año.

Entonces me quitaron ese parque, me dieron un juguete que se llama "ratolí" y me lo lanzaban para que lo fuera a buscar. Dicen que esto es para fortalecer mis patitas, que ya empiezan a tener músculos, aunque aún son un poco escuálidas.

Pues bien, dentro de unos días hace dos años de esto. Me trajeron un amiguito, Wall-e, al que habían atropellado a su madre y se había quedado huérfano y en la calle. Somos muy amigos, y siempre estamos jugando. Puedo caminar, correr, saltar, ... pero sobre todo, estoy viva ytengo una familia que me quiere muchísimo. Yo también a ellos, y por eso por las mañanas les despierto lamiendo sus manitas, a lo que ellos responden abrazándome.

Y esta es la historia de mi corta vida. Por cierto, mi nombre es Hikary, y también raro como yo, pues viene del país del corazón de Mari, Japón, y que tiene un significado muy especial: volver a ver la luz, renacer. Ahora ya sabéis porqué me llamo así.

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