PARTE I

Cuando comenzaron a publicarse noticias de la misteriosa epidemia que brotó en Estados Unidos, el mundo entero estuvo en vilo durante semanas. En un principio los políticos fingieron tener la situación bajo control, ''Pueden tener confianza en el firme compromiso del gobierno con la salud de sus ciudadanos, no hemos reparado en gastos para la investigación de la cura de esta enfermedad.''. Claro que, como era de esperar, la situación no sería contenida por mucho más tiempo. Primero fue Latinoamérica, más tarde, Europa, le siguieron China y Japón y no supe de más, pero no me cabe duda de que el mundo entero es ya sufridor de esta maldición.

Cuando los primeros afectados llegaron a España, cundió el caos. Gran parte de Estados Unidos había sido arrasado por la plaga y todos éramos conocedores de sus efectos: parecía ser que quien se contagiaba, perdía el uso de la conciencia y se volvía caníbal. Los llamaban caminantes, en mi opinión, un término demasiado humano para lo que en realidad eran: monstruos.

Sucedió con rapidez, incluso demasiada. Todo se paralizó, las autoridades ordenaron el toque de queda y nadie se atrevió a salir a la calle por el propio miedo a lo que pudieran encontrar. El epicentro de la epidemia en España era Madrid, pero los pocos afortunados que tenían parientes o casa en la costa aprovecharon y se marcharon; esa fue la última vez que vi a mis primos, nos dimos un último adiós antes de que viajaran a Valencia. Las clases se suspendieron de forma indefinida y todos los negocios cerraron; mi madre se quedó conmigo y mi hermana en casa. Mi padre estaba en un viaje de negocios en Alemania, pero el tráfico aéreo se paralizó. Nunca más supe de él.

Estuvimos varios días en casa, esperando alguna noticia esperanzadora, pero al tercer día se fue la luz y nos quedamos incomunicados. Nuestra urbanización, la comunidad entera de vecinos, se agrupó para tomar una decisión común, para decidir cuál sería el siguiente paso. Nombramos como líder del grupo a Hipólito, un hombre mayor serio que nunca me cayó bien, no porque fuera el más competente sino porque fue el único que se ofreció para asumir la responsabilidad. En total éramos cincuenta personas, a la mitad de ellas sorprendentemente ni las conocía habiendo vivido en esa casa casi nueve años. Poco antes de que se fuera la luz supimos por el telediario que las fuerzas armadas se estaban organizando para establecer una situación de emergencia a nivel nacional. Se decidió que debíamos esperar a que el ejército acudiera a nuestro rescate, y hasta entonces debíamos unir nuestras fuerzas y recursos para vivir. Nadie se atrevía a salir de la urbanización, pero tampoco hubo indicios de los caminantes, así que estuvimos un tiempo con la incertidumbre de saber qué ocurriría.

Fue a la semana cuando ocurrió. Estando profundamente dormido, escuché un grito en la oscuridad. Se le sumaron más gritos y un sonido de cristales rotos. Los tres nos pusimos en pie de inmediato, alguien gritó ''¡Caminantes!''. Salimos al jardín y aquello que vi se me quedó grabado de por vida. Una veintena de extraños vagaba por las zonas comunes de la urbanización: en la piscina, entre los arbustos...y en las casas de los vecinos. Al principio pensé que podrían ser miembros de otras urbanizaciones que se habían quedado sin comida y venían a saquearnos, pero no podía haber estado más equivocado. Eran personas, sí, pero había algo en ellas que me resultó aterrador. Uno cojeaba alarmadamente, pero no hacía muecas de dolor. Otra niña pequeña tenía la cara manchada de sangre, pero no tenía pinta de estar sufriendo por ello. Había incluso un señor al que le faltaba a un brazo. Pero lo más aterrador era su mirada: era vacía, sin vida, sin expresar ningún sentimiento. No pude evitar sentir una nauseabunda sensación de mareo al verlos.

A mi derecha, a poca distancia, alguien gritó. Uno de esos seres se estaba abalanzando sobre Jean-Pierre, un holandés que se mudó hace una semanas. El hombre gritó algo en su lengua que no comprendí, mientras la criatura, para horror mío, le atestaba un mordisco en el lateral del cuello dejando brotar un chorro de líquido rojo y caliente. Otros dos de esos seres se unieron a la carnicería y le abrieron el canal dejando sus intestinos al descubierto. El hombre aun lloraba y pataleaba cuando los tres seres comenzaron su almuerzo, pero no tardó en dejar de hacerlo. Al rato los monstruos se alejaron y yo me escondí tras una maceta para que no me descubrieran. No podría creer lo que acababa de presenciar, ¡unas personas acababan de matar a un inocente a sangre fría para alimentarse! No cabía duda de que esos seres eran los caminantes que habían desencadenado todo este Apocalipsis. Mientras pensaba en ello, escuché un gruñido, ¡y vi con sorpresa que el hombre se estaba moviendo! ¿Era posible que siguiera vivo? No dudé en acercarme a él para comprobarlo. Estaba cubierto de sangre, sus ropas estaban hechas jirones e incluso sus tripas le salían del cuerpo. Aun así ahí estaba, mirándome, respirando, como si nada hubiera ocurrido. Pero Jean-Pierre ya no me devolvía la miraba, y a cada rato que pasaba su respiración se hacía más y más acelerada hasta que alargó la mano y me quiso alcanzar. Yo me aparté rápidamente y supe que algo iba terriblemente mal. El hombre se puso de pie y soltó un grito que no era de este mundo. Entonces corrió hacia mi. Sin yo ser consciente, empecé a correr lo más rápido que pude, pensando en encontrar a mi madre y mi hermana. Di una vuelta por los jardines que hay alrededor de la piscina, y vi que los vecinos no estaban corriendo mucha mejor suerte que yo. Unos huían por su vida, otros defendían a sus hijos de la amenaza, y los menos afortunados se habían convertido ya en uno de ellos. Recorrí la zona con la mirada, pero no las encontré, hasta que finalmente vi un cuerpo pequeño y delgado sobre la hierba, y encima de él dos caminantes desgarrando la carne ferozmente. No tardé mucho en darme cuenta de que aquel cuerpo no era otro que el de mi hermana, y uno de los caminantes que se alimentaba de ella levantó la cabeza con la boca llena de sangre y un trozo de carne entre los dientes para mirarme fijamente a mi: era mi madre.

PARTE II

Desde que empezó la gran epidemia, perdí la noción del tiempo. Han podido pasar meses, quizá incluso años. Me he acostumbrado a esta sensación de no saber qué día es hoy, es un reflejo más del fin de la sociedad tal y como la conocíamos, ¿de qué sirve situarse en el tiempo si ya no tienes a nadie con quién compartirlo?

Todo este tiempo he dedicado mi vida a huir de esos seres. De vez en cuando encontraba un grupo de supervivientes y me agrupaba con ellos, pero nunca por mucho tiempo porque siempre nos encontrábamos una horda de caminantes que nos dispersaba. Iba de casa en casa, buscando comida y una cama donde pasar la noche; en otro tiempo no me hubiera atrevido a entrar en casa ajena, pero ahora se había convertido en una rutina sin la cual difícilmente podría concebir una nueva forma de vida.

Hoy me encuentro a las puertas de lo que un día fue uno de los lugares más felices que pisé: el Parque de Atracciones de Madrid. Tiempo atrás, para entrar tenía que presentar una tarjeta a uno de los trabajadores que me deseaba un buen día con una sonrisa en los tornos de entrada; hoy, con saltar los solitarios tornos ya me encontraba dentro del parque. Aprendí que, si le cortas los brazos y la mandíbula a un caminante, éste se vuelve inofensivo y, al no atacarte, no atrae más caminantes; atándole una cuerda al cuello me aseguro de que esté junto a mi en todo momento, como un perro guardián; es un mecanismo sencillo y eficaz para camuflarse entre estos seres, así que puedo entrar en el parque sin miedo a lo que pueda encontrarme.

Allá a lo lejos está la gran torre de la que sale un retorcido nudo de metal naranja: era el Abismo. A su izquierda una oxidada estructura de acero que solía ser roja, Tarántula, mi favorita del parque. Subo los peldaños de la Avenida de las Cascadas, que en su tiempo fue un precioso paseo de fuentes y flores ornamentales y que hoy es un charco de agua verde rodeado de plantas silvestres que crecen con libertad. A medio camino me encuentro con uno de esos caminantes vestido con el polo azul característico de los trabajadores del Parque de Atracciones; me observa un instante pero al ver al caminante que me acompaña, pierde el interés en mi. Reconozco a ese trabajador, más de una vez me aseguró el arnés en Tornado y dio la orden de despachar el tren con un pulgar hacia arriba. Ahora es un penoso humano sin alma vagando a la espera de su próxima víctima.

Llego a la Plaza Star Flyer, donde admiro la altísima estructura de ochenta metros de altura desde la cual en su día pude sobrevolar todo Madrid; lo que daría por volver a hacerlo una vez más...era como volar; aun con todo lo ocurrido, ella se erguía igual de orgullosa sobre las copas de los árboles.

Entonces veo un caserío que al instante me trae muchísimos recuerdos a la mente: el Viejo Caserón.

''El mejor espectáculo de terror del país'', así lo calificaban muchos. Aun recuerdo la primera vez que entré: tendría 10 u 11 años, fui al parque por el cumpleaños de un amigo y sus padres nos invitaron a todos al Viejo Caserón; yo, inocente mente infantil, me asusté muchísimo y no pude seguir, salí por la vieja Salida de los Arrepentidos. Aquella fue la primera y única vez que lo hice, las siguientes fueron más divertidas y tengo un recuerdo de cada una de ellas: la vez en que entré con mi padre y el Doctor Espiral le hizo saltar del susto, aquella vez en Halloween en que los locos del manicomio nos reconocieron y se pusieron a jugar a palmitas con nosotros...pero el mejor recuerdo que tengo es de la última vez que entré, cuando Andrés gritaba como una niña, Ádol insultaba a los actores, y Raúl ni se inmutaba porque de tanto haber entrado se conocía todos los sustos de memoria. Me sorprendo a mi mismo sorbiéndome gotas que me caen de la nariz, no sé si por los recuerdos tan felices del pasado o por el conocimiento de que eso jamás se repetirá en un futuro.

Me dispongo a entrar por última vez en el caserío, por recorrer una última vez sus pasillos y salas. Pero esta vez será diferente. Sé que lo será. Porque ahora vivimos en un mundo de tristeza y desesperación. Vivimos rodeados de muerte disfrazada en forma de nuestros seres más queridos. Vivimos sabiendo que podemos entrar, pero no sabemos si vamos a salir. Vivimos cada día sabiendo que podría ser el último. Vivimos en un continuo estado de supervivencia.

Vivimos la aventura de The Walking Dead Experience.

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